Estrategia municipal y ciudades inteligentes

Por Julen Escalero, 10G

Nos encanta ponerle nombre a todo. Y a poder ser en inglés. Además se lleva, es guay, es moderno. Pero luego no tenemos muy claro lo que es cada cosa. Todavía hoy nos cuesta definir ERP o clúster. Ni qué decir si hablamos de un concepto mucho más joven como el de Smart City. O sea, ciudades inteligentes. ¿Que qué diantres es? Pues, básicamente, todo lo que te puedas imaginar que se puede hacer en una ciudad gracias a las nuevas tecnologías.

Yo me lanzo a la piscina y acuño mi propia definición: la interrelación de los ámbitos sobre los que los ayuntamientos tienen competencias (sociales, formación, infraestructuras, transporte…) gracias a las TIC de última hornada, avanzando en la sostenibilidad económica y medioambiental, y como objetivo último una mejora de la calidad de vida de sus ciudadanos. Algunos más versados en el tema echarán de menos otro componente: la participación ciudadana, la gestión pública eficiente… el “buen gobierno”, vamos. Yo en cambio lo saco de la ecuación porque, por desgracia, creo que no es estrictamente necesario.

Fuente: Grade Stack

Las ventajas de las ciudades listas parecen bastante claras: la hiperconectividad facilita la coordinación de recursos y personas, de forma que se es más eficiente en su utilización. Por ejemplo, gente con trayectos similares que comparte vehículo (¡o mejor, esto!), farolas con placas solares que se apagan si no hay nadie en la calle, oferta cultural en función de las peculiaridades de cada segmento (gustos, disponibilidad horaria…), oferta turística adaptada a la demanda, edificios inteligentes y adaptables, servicios públicos más rápidos y eficaces (por ejemplo, hospitales que prevén y se prepara para las necesidades de sus ciudadanos en concreto)…

Paradójicamente, los grandes actores detrás de una SmartCity bien gestionada son privados y no el consistorio en sí. En realidad, el ayuntamiento solo funciona como facilitador y coordinador de las iniciativas. Esto abre oportunidades, pero también entraña riesgos.

Como con casi todo lo de vanguardia, los documentos sobre el tema desprenden cierto halo de panfleto electoral. Todos emplean grandes ideas genéricas, pero pocos afinan con medidas concretas de qué va. En parte, porque el horizonte de posibilidades es realmente inmenso. Pero corremos un riesgo: que en pro del modernismo (o del electoralismo), sobre todo en el momento en el que intervienen ayudas del gobierno para los distintos entes implicados, las ciudades avancen hacia la inteligencia autodidacta y desunificada. Cuando precisamente la clave de las Smart Cities reside en la coordinación holística (después de ver esto entenderéis a qué me refiero…).

Pongamos un ejemplo sencillo. Uno de los principales retos de las ciudades en general, sobre todo cuando se trata de ciudades grandes, es gestionar los flujos de personas hacia y a través del centro, tratando de evitar que se dispare la contaminación y los atascos. Y a tal fin, el principal problema que enfrentan los ayuntamientos es el elevado nivel de coches particulares que concurren. Como erradicar el tráfico en los núcleos de las ciudades es una medida impopular (aunque en las grandes capitales europeas se ha llevado a cabo con éxito), muchos ayuntamientos han buscado distintas maneras de dificultar la movilidad en coche privado. Principalmente, en ciudades medianas y pequeñas, donde los niveles de contaminación no son una amenaza real a menudo, pero sin embargo, los alcaldes han querido avanzar también hacia el concepto Smart City, aproximándose hacia municipios más agradables y amables, más lively. La cuestión es que, en muchos municipios, ese supuesto avance hacia la inteligencia que supondría limpiar los centros de vehículos de combustión no ha venido acompañada de otras medidas complementarias.

Se me ocurren, entre otras, el diseño de líneas de autobús flexibles y adaptadas a las necesidades de movilidad reales, una planificación urbanística que provea de los servicios necesarios a los barrios periféricos, o una estructuración del modo de vida que facilite que los jóvenes vivan en las afueras (más cerca de los polígonos y parques empresariales a los que pueden tener que desplazarse) y los jubilados en los centros.

Interrelación áreas inteligencia. Fuente: Avina

Todo esto y más es posible si se recopila, gestiona y emplea la información de una manera inteligente y coordinada. Entonces, ¿por qué no se hacen las cosas bien a menudo? Evidentemente, un escollo es la limitación de los recursos de los ayuntamientos, cuya deuda se vigila con lupa, por lo que el proceso de conversión a ciudad inteligente es lento y constate. Otra traba es cultural, sin duda, pues no es tan sencillo cambiar los hábitos y las comodidades de ciudades enteras. Finalmente, y no menos importante, hay barreras que obedecen a intereses particulares. Corrupción, en mayor o menor medida, podríamos decir.

Existen otras dificultades añadidas al progreso hacia la ciudad inteligente. En Gipuzkoa, por ejemplo, a diferencia que en Bizkaia, la dispersión demográfica y municipal por distintos valles, cuyos municipios están muy relacionados entre sí, dificulta la planificación de los flujos. Esa dispersión relativa y lo abrupto del relieve y del clima complica también el uso de la bicicleta, por ejemplo.

Sea como sea, la cuestión es que parece que en esto tampoco vamos a liderar, dichoso país el nuestro. Aunque también es cierto que no hay un ranking unificado aceptado por todos, todavía.

Mapa de Smart Cities en España. Fuente: GEOCYL

En resumen, hay distintas barreras que superar a la hora de encarar el progreso hacia los núcleos urbanos inteligentes. A mi juicio, la que más riesgo entraña, al menos en un país de aeropuertos sin pasajeros, es la de la coordinación: que nuestros alcaldes promuevan medidas y protocolos por ganar en votos e imagen, sin proponer un auténtico paquete transversal de medidas, un plan estratégico de verdad.

Si conseguimos un buen gobierno de esta tendencia, puede generar riqueza y competitividad al generar inversión, o pobreza si esa inversión no se estudia bien y acaba siendo un mero (mal) gasto.

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