Pasión por el miedo

Por Jose Miguel Capellin, 10G

Llegué a San Sebastián el día 1 de septiembre de 2012. Había volado 8.396,45 kilómetros (según Google y mi experiencia: unos cuantos litros de lágrimas, un cóctel de sentimientos, y ya a estas alturas, una incontable cantidad de horas de espera en los aeropuertos más fríos y con un diseño de asientos cuestionable y poco agradecido por la espalda) para ir al País Vasco, donde por esas vueltas de la vida que no entendemos y que en un principio nos hacen muy poca gracia, iba a pasar los próximos cuatro años de mi vida.

A lo largo de estos cuatro años de carrera he aprendido cosas muy interesantes, como por ejemplo que comunicamos absolutamente todo el tiempo, que no tengo voz para ejercer una profesión en la radio, que en San Sebastián no se puede salir de casa sin paraguas, ni siquiera en agosto, que las páginas pares de los periódicos y revistas son más caras que las impares para publicitarse, y que lo importante a la hora de comunicar (aplicable también a la vida) no es el qué, sino el cómo.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAAl margen de todos estos grandes aprendizajes académicos, las cosas que más me han enseñado han sido aquellas que he aprendido a base de caídas, coscorrones y tortazos de la vida y de todas sus llamadas de atención (llámese quedarse fuera de casa una noche entera sin llaves en pleno invierno, perderse en aeropuertos sin teléfono ni dinero, suspender exámenes, caerse subiendo escaleras, y ser el único caso de paperas en una clase de 80 personas, entre otros).

Pero sobre todo, mi mayor aprendizaje y el mejor descubrimiento en estos cuatro años ha sido el miedo. Sí, y el tipo de miedo que nos quita el hambre y nos paraliza. Miedo del bueno.

Miedo de hablar en público, miedo de decir lo que pensamos, miedo de hacer algo o de pensarlo siquiera, miedo de suspender, de fracasar, de hacer el ridículo (¿qué es hacer el ridículo anyway? ¿qué es ser “normal”? ¿según quién?), miedo al “qué dirán”, al “qué pensarán”, el miedo a si “se verá bien”, y ese miedo al “y si me sale mal?”. El miedo al miedo.

Y es que el miedo inhibe, limita, nos vuelve conformistas, destruye. El miedo es esa llamada que no hicimos, esa carta o email que no escribimos (o que escribimos y no tuvimos el valor de mandar), ese examen o prueba a la que directamente no nos presentamos por el mismo maldito miedo a suspender, a esa actividad o evento al que nos moríamos por ir, pero por ir solos sin conocer a nadie mejor no nos apuntamos.

Miedo son esas palabras que no decimos a quienes queremos, ese viaje que mejor no hacemos y dejamos para “otro momento” porque “no tenemos suficiente tiempo” o porque igual “este no es buen momento” (¡y mira que es casualidad que ese otro momento nunca suele llegar!). El miedo es esa decisión que vamos posponiendo un día, una semana, un mes, un año… es esa decisión que al final nunca tomamos.

He aprendido que el miedo es algo que está únicamente en nuestra mente, y que ante ello, tenemos dos opciones: Podemos dejar que nos limite, nos paralice, y por consecuencia nos consuma. Podemos seguir posponiendo nuestra vida, viajes, conversaciones importantes, sueños que queremos cumplir, aventuras y oportunidades. Esta es la opción más cómoda y más fácil (¿a quién no le gusta lo cómodo y fácil?).

O podemos coger al toro por los cuernos. Ser completamente conscientes de todos y cada uno de nuestros miedos, aceptar que están allí, cogerlos, uno a uno (¡o todos a la vez!) y hacerles frente, sin escudos ni espadas ni excusas. Esta opción requiere salir de nuestra zona de confort y puede ser muy fácil y gratificante, pero requiere de una sola condición: Aprovechar el miedo como una oportunidad.

 Los obstáculos están hechos para ser superados y la mejor manera de salir de ello es atravesándolo. Este gran descubrimiento me ha cambiado la vida (y prometo que me la ha cambiado de verdad, no “cambio” nivel: este novedoso e innovador producto de la Teletienda).

Fue en mi primera presentación que tuve que hacer en primero de carrera, cuando no conocía a nadie (tan perdido que seguía sin poder diferenciar “kaixo” de “agur”) y tampoco controlaba muy bien el tema que estaba presentando, cuando me di cuenta que o controlaba yo el miedo o dejaba que me controlara. En ese momento elegí, literalmente, controlarlo. En vez de correr del miedo, decidí correr hacia él. Me confundí en la presentación más de una vez, me pasé de tiempo, y creo no haber sacado una nota alta e
n el trabajo. Pero hice frente a un miedo que tenía y gané fortaleza, experiencia y confianza en mi mismo.

Poco a poco fui aplicando la misma acción a todo aquello que me daba miedo, y me fui dando cuenta que mientras hacía frente a todo aquello a lo que le tenía un miedo inexplicable, iba logrando más cosas, tenía mayor satisfacción y mejor autoestima. Me empezaba a gustar ese sentimiento de incomodidad, esos nervios en el estomago, y sobre todo, me di cuenta que era más fuerte de lo que pensaba y que podía hacer siempre un poco más de lo que creía que podía hacer.

 

 Después de cuatro años en San Sebastián, de convertirme en un comunicador profesional y un “experto en miedo”, siento pánico, puro y duro, porque como muchos otros compañeros, no sé qué voy a hacer con mi vida en dos meses, no sé dónde voy a estar, ni sé qué voy a estar haciendo. Sin embargo, sé una cosa: Sé que puedo controlar este miedo paralizante o dejar que me controle. Puedo nadar o ahogarme, y soy solamente yo quien puede tomar esa decisión. Puedo ver al miedo como mi enemigo o verlo como mi mejor herramienta para hacerle frente a los retos de la vida y a los limites que yo mismo me pongo.

Así que esto es una invitación a todas esas personas que como yo, están temblando del miedo en este preciso momento, porque no sabemos qué hacer, no sabemos cómo hacerlo o no sabemos dónde vamos a estar en el futuro. Es una invitación a tomar el control de nuestra vida, a hacer y decir todo aquello que realmente queremos pero nos da miedo. Una invitación a no ser cómodos y conformistas y una invitación a sentir esa adrenalina que se siente al hacer algo que nos aterroriza (¡juro que vale la pena!). Es una invitación a crecer, a conocernos mejor, a retarnos, a darle miedo al miedo.

Miedosos como yo, que el único miedo que tengamos sea el de tener demasiadas ganas de vencer al miedo.

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