¿Blandas o duras?

Por Rogelio Fernández Ortea

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Era finales de mayo y estábamos terminando el curso académico, concretamente era la última sesión del taller de innovación. El cansancio se había ido acumulando a lo largo de los meses; el estrés estaba muy alto debido a las entregas finales de los múltiples trabajos académicos, acumulación de café y poco descanso; las hormonas empezaban a hacer estragos debido al incremento de la temperatura y la presencia cada vez más profusa de espacios libres de ropa en los cuerpos; se acercaban los exámenes y había que empezar a sacar tiempo de todos los sitios para estudiar y, por si faltase algo se acercaba la fecha de preparar la salida de Erasmus con todo el papeleo que ello conlleva y los nervios y fantasías que concita… y ése fue precisamente el momento en el que iban a tener que ponerse en práctica las habilidades blandas, las mal llamadas, en varios sentidos, las habilidades soft, ya que las personas que participaban en el taller, y que formaban parte de un programa de emprendimiento e innovación, me pidieron no cumplir con un compromiso adquirido al comienzo del mismo.

La primera vez que oí hablar de ellas fue en la carrera, Humanidades:Empresa; a Miguel Ayerbe y nunca entendí el adjetivo de “blandas” (peor me parecía cuando las llamaban soft con ese deje “business” que tanto gusta en determinados ambientes) con el que se acompañaba a este tipo de competencias. La capacidad de afrontamiento, las habilidades sociales, el autoconocimiento, la orientación al logro, la orientación a los resultados, la empatía, el trabajo en equipo, la creatividad, el liderazgo, la innovación y el emprendimiento, entre muchas otras, no pueden ser consideradas ni nombradas, en ningún caso como blandas, ya que en muchas ocasiones marcan la diferencia entre el éxito y el fracaso, entre conseguir tus objetivos o renunciar tus ilusiones, entre seguir o abandonar. Habilidades, además, que hoy en día orientan el reclutamiento y selección de trabajadores y trabajadoras a la vez que marcan la diferencia en el desarrollo de sus carreras profesionales.

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Pero quizás, donde tengan especial relevancia es en los procesos de emprendimiento e innovación tan demandados en la actualidad y es en ellos donde quiero poner el acento en estos momentos. Lejos de ser el emprendimiento un proceso lineal, racional, objetivo, “cuantitativo”, predecible y tranquilo, emprender tiene mucho de iterativo, irracional, emocional, subjetivo, “cualitativo”, impredecible y estresante, con lo que la puesta en valor, la formación en este tipo de competencias se hace más que necesaria para que estos impulsos, tan valorados y promovidos en la economía actual, lleguen a buen término respetando, por añadidura, la salud de los emprendedores y emprendedoras así como el de sus círculos más cercanos. Habilidades que, en muchas ocasiones, las dejamos al albur del desarrollo personal y no las incluimos como parte indispensable en la formación de todos los profesionales como la parte “dura” (hard para los que comentábamos antes), como competencias habilitantes, constituyentes del carácter emprendedor: como habilidades socio-emocionales que son.

Habilidades socio-emocionales que, tengo que concluir con honestidad, pusieron en funcionamiento todas las personas que participaban en el taller y que, a pesar de todos los estresores que he comentado al principio de este post, fueron capaces de terminar con calidad y generosidad todos los compromisos adquiridos, lo que demostró que la actitud a la hora de afrontar los avatares de la vida no es algo que podamos considerar como blando. ¡Gracias a todas y todos los iNNoVaNDeR 11G por ello!

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