La realidad no mira, sólo es mirada

Paula Díaz Tejedor, iNNoVaNDeR 15G

El pasado 17 de enero tuve la inmensa oportunidad de formar parte de la experiencia internacional de Tánger que se lleva a cabo dos veces al año en la Universidad de Deusto. 7 días intensos que pretenden proporcionar una visión general de la situación social de la ciudad y conocer los diferentes agentes que trabajan diariamente por mejorarla.

Esta experiencia ha ido más allá de la razón y el corazón. Cuando te aventuras en proyectos como éste, que favorecen la participación con colectivos socialmente vulnerables o con personas discapacitadas, vas predispuestx a dar, aportar y ayudar. Y lo que no te cuentan es que, sobre todo, vas a recibir.

Esta historia podría ser contada por cualquiera de las 14 personas que la hemos vivido. Desconocidxs, amigxs y compañerxs de pupitre que tomaron la decisión de inmergirse en otra realidad. Y creedme si os digo que aterrizamos en otra tierra, cultura, historia y lengua, a la que llegamos con las mochilas llenas de prejuicios propios, eso sí dispuestxs a ser desmontados uno a uno.

Creo firmemente en que son esas ideas preconcebidas en casa las que han hecho posible una transformación real en la forma en la que ahora miro. Cuando te atreves a traspasar tu zona de confort, aprendes a mimar la forma en la que miras a tu alrededor. Aprendes de perspectivas, ángulos y contrastes. Te permites apreciar el particular caos de ese espacio y su belleza. Tánger puede parecer una ciudad sin ley, y en muchas ocasiones lo es, pero su cruda realidad y vibrante exotismo te sugiere que es una tierra donde todo lo impensable puede hacerse realidad.

Todavía éramos más expectativa que realidad cuando entramos en la Casa Familiar Nazaret. Pero poco tardó en imponerse la verdadera necesidad de este refugio para personas con diversidad funcional. Los gritos, aspavientos con los brazos y las miradas de ilusión de los chicos de la casa nos daban la bienvenida a su particular vida. Y de repente te dicen que tu única labor es pasar tiempo con ellos, pasear de su mano e intentar establecer conexiones. Pero duele ver que viven en una casa que empieza a adaptarse a sus necesidades ahora, que empieza a tomar forma de hogar gracias a un pequeño ahorro que les proporciona tanto.

Hemos conocido Tánger gracias a ellos, desde su mirada, su forma de estar y sus emociones cambiantes cada día. Y es que nos lo han puesto tan fácil… La comunicación era todo un descubrimiento; ellos nos daban el mapa de ruta y nos ayudaban a dibujar y descifrar sus propios lenguajes. Si bien es cierto que había días en los que te dabas de bruces contra una incapacidad absoluta de llegar a ellos, también nos han mostrado la potencia del lenguaje no verbal. Porque cuando logras clavar tu mirada en la suya sucede algo, una especie de “clic” que te conecta directamente a él.

Hogar Lerchundi, hogar para nosotros al alojarnos allí y hogar para lxs 80 niñxs y sus familias. La labor de este lugar es la de proporcionar apoyo escolar, educación en valores y tiempo libre, alimentación adecuada y hábitos de higiene, además de trabajar con las familias en temas educativos e intervención familiar. Cuando pisas el patio te encuentras con la alegría hecha personas, una fuerza y vitalidad propia de cualquier niñx, que te inunda. Y es que jamás he disfrutado tanto de que me hicieran trenzas llenas de nudos en el pelo, y menos si el premio era una risueña carcajada con un abrazo inmenso dado por unas manos pequeñitas.

En sitios como éstos es mejor no conocer la historia que hay detrás de cada persona. Porque hay historias verdaderamente desgarradoras, pero cuando estás allí sólo importa el presente y la persona que tienes delante. Esa es su mejor versión y está en un sitio como Hogar Lerchundi o Casa Nazaret porque la vida le está dando la oportunidad de dejar atrás aquella historia.

Llegas y te piden que hagas compañía, que pintes paredes, juegues a baloncesto, pasees bajo la lluvia, peles verduras o sirvas desayunos. Y será bien recibido. Porque esta tierra es agradecida y solidaria, porque el zoco de Tánger agradece y valora toda ayuda. Porque no importa si esa ayuda llega de sus vecinos situados a 14km cruzando el estrecho o del vecino de al lado. Existe una ley no escrita de reciprocidad en los suelos de esta ciudad costera, dónde te permiten dar y tienes la suerte de recibir el doble.

La transformación de estos seis días no ha sido externa. Ha sido un proceso cocinado a fuego lento de manera interna. Ya ha pasado tiempo desde que aterrizamos, y era muy necesario poner distancia de todo lo vivido para ser capaces de darle nombre a los sentimientos. Tener la oportunidad de conocer realidades tan dispares me impulsa, una vez más, a la necesidad de tener que equilibrar la balanza hacia un mayor beneficio social. Se necesitan intervenciones, ideas, nuevas formas de legislación o procesos bien ensamblados que aseguren el bienestar de todos los colectivos. La transformación real no es únicamente la que da resultados económicos óptimos, sino también la que es capaz de dar solución a los problemas de carácter social.

Por último, me pongo como ejemplo para compartir aquellas sensaciones, a las que ya soy capaz de poner nombre, experimentadas en la experiencia de Tánger: expectativas, enfado, reciprocidad, familiaridad, solidaridad, impotencia, satisfacción, bloqueo, compenetración y plenitud.

Sin duda, esta será la primera y NO última experiencia de voluntariado internacional que viva, porque nunca está de más salir de la crisálida en la que vivimos para calzarse las botas de situaciones tan impactantes y reales como las que se dan en otras partes de este lugar llamado mundo.

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